¡Estamos abandonados!

Pero más allá de nosotros, los ciudadanos, con nuestras grandezas y nuestras carencias, lo que está delatando esta maldita pandemia ha sido, una vez más, la debilidad del sistema, la endeblez del Estado y la fragilidad de España como nación. Un país que, de nuevo, no ha sido capaz de soportar, con las mínimas garantías, el vaivén de una crisis de entidad, y que esta vez une al desastre económico, que se traducirá en miles de despidos y regulaciones de empleo, la tragedia de la enfermedad y la muerte.

Una sanidad pública sobrepasada

Así pues, a mi modo de ver, lo que esta última circunstancia está poniendo también muy en duda es a la tan aplaudida sanidad pública, que se ha demostrado, más allá del compromiso y la profesionalidad de los médicos y el personal sanitario, incapaz de afrontar con garantías generales un reto de estas dimensiones. De hecho, hoy 18 de marzo de 2020 -fecha en la que escribo esta columna-, el presidente del Gobierno ha anunciado en el Congreso que se creará una comisión sobre la sanidad pública, con el objetivo de reforzar el sistema. Reconocerlo, les honra. Y reconocerlo, les invalida. Un modelo de sanidad (pública y privada) fundamentado en los últimos años sobre el ahorro y la contención, que deja a muchos ciudadanos a su suerte. Como así está siendo.

Lo más triste es comprobar que no estamos preparados para casi nada. Que la cuarta economía europea tiene unos enormes pies de barro, que a duras penas les da para llegar a fin de mes.

Siendo muy consciente de esta desgracia. ¿Cómo es posible que no exista un protocolo más o menos ensayado que intente hacer frente a esta situación? ¿Cómo es posible que Gobierno y Estado no sean capaces de dar una respuesta honesta y fiel a tantas preguntas y tragedias individuales? ¿Por qué tenemos que soportar esta dejadez? ¿Por qué este abandono? ¿Este desamparo? Los ciudadanos, en su conjunto, no pueden acabar siendo siempre, no ya el eslabón más débil de la cadena, sino la cadena misma. Una cadena endeble y vulgar. Oxidada.

Y eso, entre otras cosas, fue lo que me movió, como presidente, a poner en marcha la Fundación Transparencia y Opinión, como herramienta de participación y expresión básica, plural y honesta. Y ahora os digo que toca ser más activos y mucho más beligerantes. Y gritar hasta el delirio: ¡Ya está bien! ¡Ya está bien de tanta vulgaridad!

Reitero, que lo más triste es comprobar, una vez más, que no estamos preparados para casi nada. Que nuestro caminar diario como país es sobre un alambre tan fino como blando. Que la cuarta economía europea tiene unos enormes pies de barro, que a duras penas les da para llegar a fin de mes. Y que las instituciones y nuestros políticos no son más que vulgares saltimbanquis que rebotan de problema en problema, sin inmutarse de puertas para adentro y sin dar respuestas claras y efectivas, que procuren una vida más decente y más digna. Y todo envuelto en una mayúscula simpleza. En una evidente incapacidad. Ni se trata ni es hora ni es mi intención sustituir a los políticos y a los partidos, que sería matar la representación. Pero sí de poner muy en duda el actual sistema. De lo que se trata es de ahorrarnos este calvario con tanto inepto y cobarde.

Medidas insuficientes

Hasta la fecha, y más allá de la proclamación a destiempo del estado de alarma, las medidas anunciadas por el presidente del Gobierno siguen siendo insuficientes para muchos empresarios y autónomos. Yo lo soy: soy autónomo y soy empresario. Y las consecuencias reales y dramáticas de esta crisis se traducirán, por más que el presidente reclame solidaridad individual, en una horrible pérdida de puestos de trabajo, resultado de la incapacidad de los diferentes gobiernos españoles de solucionar la precariedad de nuestro sistema productivo, la endeblez de la mayor parte de nuestras empresas y de algo tan básico como entender que la mayor parte de los empresarios en España ni pueden ni tienen medios para afrontar por sí solos una parada de dos meses, ya no digamos cuatro. ¿En qué se traducirán realmente las últimas medidas anunciadas? ¿Quién tendrá acceso a ellas? ¿Cómo se activará la línea de avales? ¿Cómo se cobrarán esas ayudas?

¿Dónde está una vez más la banca? ¿Y los fondos de reserva? ¿Y los estímulos fiscales? Esto lo tendremos que soportar entre todos.

Pero quedan pendientes más preguntas. ¿Qué hacemos los empresarios? ¿Elegimos entre la salud de nuestros empleados o entre seguir pagando las nóminas y los compromisos? Muchos empresarios despedirán porque una pyme o un autónomo no puede pagar sueldos si no ingresa. Es así de sencillo y así de cruel. ¿Y dónde está una vez más la banca? ¿Y dónde los fondos de reserva para estas situaciones? ¿Y los estímulos fiscales? ¿Y la paralización de la subidas de impuestos anunciadas?… Esto lo tendremos que soportar entre todos. Por Dignidad y por Justicia. Porque con el transcurrir de los días sigo teniendo la sensación de que ¡ESTAMOS ABANDONADOS!

Llegados aquí, únicamente me queda solidarizarme con aquellos que más están padeciendo esta terrible situación y esta horrible desgracia. Toda la fuerza y todo el ánimo desde la Fundación Transparencia y Opinión. Estamos juntos. Estamos en esta lucha.

Fuente: Fundación Transparencia y Opinión

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